martes, 19 de mayo de 2009

Diana Poblet escribe así
y a algunos se nos acelera el rojo tambor del pecho



Simbiosis
Escribo para que la muerte no tenga la última palabra.
Odysseus Elytis


Ahora que la pasión techó el mar
lo braví­o del oleaje remuerde en la palabra anzuelo
clama y contempla cuántos pueblan este grito
la procesión fantasmal que gatilló la ausencia de Alejandra
grita presente desde un epí­grafe de Juarroz
me retiene en Temuco con un verso de Neruda
hace el amor volando a lo Girondo
deja sin oxí­geno en el intento por recitar a Orozco
cabalga con los mismos enemigos que Dalton
desespera y talla en el sí­lex de Cortázar
abruma a la salida del colegio de Santoro
aquella tarde divina de octubre cuando Alfonsina se volvió mar

Soy
la respuesta a un tiempo de marejadas
que buscó Desaparecidos con Gelman
con tácticas y estrategias de Benedetti
que enciende fósforos en algunas astillas de Silsh,
cuando el vozarrón de Marcos Silber le pone pantalón largo al diminutivo,
Historia que arde en la memoria de Elena Cabrejas
la avenida que Andrea Sánchez Bozz cruzó con un taco roto
los incontables pulóveres de Jorge Estrella,
el alarido del pájaro que habita desde Graciela
lo bizarro que exuda Aldo Novelli
la bronca antiestética de Vedovaldi
el relámpago desenfreno que sostiene a Pablo Mora

Soy el insomnio militante de Cristina Castello
la nostalgia argentina made Impaglione
el bosque de abedules oculto en el catalán de Pere Bessó
la culpable de matar arañas sin cuestionar a Revagliatti
la biblioteca con ní­speros de Gustavo
la pintura poética de Martinelli
la que aplaude la “paciencia triste y delicada” de Edna Pozzi

Soy todos aquellos más nosotros
sumatoria de un dolor irrenunciable
porque este fue el tiempo que nos zarandeó sin esquives
aquí­ fuimos aprendices del birlibirloque
temblorosos manejadores de un fórmula 1 con destino incierto
que a veces sangró injusticias
embestimos con el gerundio gritando y en pelotas
con esta pasión que techó el mar libramos al poema
esa marejada de acantilados tan propia y tan ajena
la que conjugó mal los verbos de la ira
la que sedujo sin tul ni danza de vientre

ésta,
nuestra última palabra,
la que aún nos late sin Derecho ni amparo.

(Gracias amiga!)

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