miércoles, 5 de noviembre de 2008


Reseña crítica al libro “Desierto”
de Aldo Luis Novelli

por Ricardo Fonseca

Tratándose de Aldo Novelli, el libro podría leerse como una biografía más o menos novelada, porque hay elementos autobiográficos suficientes que abonarían esta posibilidad.
Pero, como el formato literario del libro es el poema, una de sus muchas lecturas es considerarlo como una autobiografía más o menos poetizada.
En este sentido – como dice A. Pizarnik – “cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”.
Valiéndome de esta luminosa reflexión, trataré de hacer una mínima reseña que no desentone demasiado con la relumbrancia de este “Desierto”, de esta invención poética que – si bien como propuesta de escritura, propia de la lírica, se presenta como una muestra de imágenes-vivencia suspendidas en el tiempo, donde cada poema es casi un símil de fotografía hiper-realista -, también el libro puede leerse o escucharse a la manera de una sinfonía, compuesta de cuatro movimientos, girando sobre los tópicos: desierto-ciudad-mar, recorridos por una voz que se desplaza, de una primera a un tercera persona del singular.


Voz lírica que además, se coloca y parte del “centro de la infancia”. Es decir en ese espacio mítico, más o menos memorable, habitado por juegos y bestiarios de la niñez, con sus dragones verdes, con los colt 45, con las carabinas Winchester apuntando sobre una manada de “animales salvajes que pueblan el desierto de mi pasado, envueltos en la bruma de una tormenta de arena”. Paisaje recordado como una suerte de far-west patagónico, pintado “con la roja arcilla de las bardas”. Y que se extiende hasta el final de la adolescencia, cuando aparecen las figuras “flaco Andrés, el víbora Rubén, Roberto el asesino de palomas...hasta la hermosa Andrea, burlándose desde su sarcástica sonrisa”.
Fotografías, todas, que persisten en la memoria, aunque en el “desierto el tiempo se dilata bajo el sol (y) cuando abrimos las manos vacías, ya somos adultos sin remedio”, arrojados irreversiblemente hacia una realidad-real, en presente indicativo, por cuyas fisuras se filtran algunos atajos hacia los paraísos perdidos, recordados en “ciertas tardes de tedio y fuego (cuando) bebíamos cerveza hasta hincharnos...(y) nos trepábamos a viejos autos agujereados y salíamos a la ruta a pisar arañas peludas...”.


Este primer movimiento es interrumpido bruscamente por un contrapunto resonando sobre un espacio urbano, comprimido visualmente en un bar, visitado por alguien que siente “el mundo está destruido y que él ha sido cómplice de esa destrucción”.
Refugio por demás precario, pero donde todavía se pueden generar o recrear ciertas autenticidades humanas, cuando “ella” también explica sus “razones sus verdades y es capaz de encender la lujuria en medio de un desierto de ideas”.
Encuentro donde los pronombres –él, ella- son la personas gramaticales del hombre y la mujer masa, que no saben quién es Nietsche (pero filosofan sobre la vida y la muerte y su eterno retorno”.

En un no tan segundo plano , se respira cierto aire de nostalgia, de tango del sur bordando o bordoneando el motivo de esta vida “absurda – hoy por hoy – devaluada por una visión deshumanizada del mundo, que niega el acceso a una metafísica cotidiana, cuando “un hombre sentado a una mesa de madera...se olvida del tiempo y escribe”.

El tercer movimiento de esta sonata estaría organizado sobre una fuga, con los aprestos de un circunstancia “último viaje”, después de echar una última mirada al desierto (enfilando) hacia el mar”.
Tópico éste, cargado de resonancias literarias o estéticas surgiendo de un océano interior (infinitamente) infinito” que le hace confesar al yo lírico, que “perdí el equilibrio el día que amé una mujer, (y) la perfección la abandoné en un cuadro de Dalí y un poema de Vallejo”.
En este viaje que sucede como una “loca danza entre los quiméricos animales del cielo”, tal vez, esté lo más logrado de este poemario, cuyo desafío y riesgo se juegan en el valeroso intento de hacer poesía con la vida, sin caer en un idealismo estereotipado o romanticoide.


El regreso a “los bordes de la ciudad” es el tema central del cuarto movimiento, de esta partitura literaria, alentada con los sonidos y silencio del habla de la calle, resemantizada por una voz que se niega a renunciar a un sincero sentimiento de belleza como supuesto y soporte del vivir, avasallado en estos espacios de exclusión social, los bordes de la ciudad, por los “gritos desesperado de mujeres sin hijos (y hombres torturados en habitaciones purulentas”. Escenario de un teatro de las miserias, denunciado desde una estética minimalista, emparentada o inspirada en la dureza desbordante del norteamericano Raymond Carver.
Puntualmente estos bordes forman parte de este Desierto, donde se amontona y se recicla basura de un estilo de vida, exhalando su excremento ideológico, basado en un mercantilismo y/o individualismo exacerbado y reproducido, también, a través de una “música estridente (que) contamina el paisaje (donde) “la ecología no entiende de música villera” en su versión más sórdida.
Y “además más” – dice Alejandra Pizarnik -, que en los actos de lectura significaría trazar senderos que se bifurcan borgeanamente en un tiempo-espacio que, en el libro que nos ocupa, hunde sus raíces en el mito bíblico de predicar en el desierto.
hondura y espesura semántica que –salvando tiempos, distancias e intenciones – en la Patagonia se ha venido explorando líricamente – al menos en la poesía escrita –y, sólo por hacer una mínima mención de autores del Neuquén, por Eduardo Talero, Irma cuña, Raúl Mansilla, Macky Corvalán y Hector Ordoñez.


En este corpus literario, el DESIERTO de Aldo Novelli, podría leerse también, como una versión actualizada de esa perenne tentación humana de darle voz a los que nos excede y, de algún modo, nos abisma.
Tentación o porfía que, en este registro novelliano, se enmarca o se inserta en una clave freudiana como lo es el “malestar de la cultura” y su versión enajenante. Enajenación que seguirá encarnizándose en la estructura psíquica del yo, en la medida que no prevalezca tanto en lo publico como en lo privado, un nosotros más activo.
Es decir, una primera persona del plural, que no se reduzca a la suma de un yo más un tú, sino que también se conjugue en un ello, donde la otredad (lo otro y los otros) con toda su significancia formen parte de nuestra vigilia y de nuestros sueños, amparados en un suerte de ternura primordial.


Leídos desde esa perspectiva, cada poema descarga su energía emocional con una contundencia relampagueante que, a su vez, repercute sobre toda la superficie textual, sostenida sobre el tópico del desierto.
Término que, paradójicamente, se troca en un bosque de imágenes, surgidas desde las más tempranas vivencias del autor, pero trascendiendo el tomo más o menos confesional de este tipo de lírica, alimentada también, desde una vertiente social, en sintonía con su tiempo, no es impertinente suponer que –entrelíneas- hay todo un planteo de denuncia contra una ideología del desamor, inhóspita, renuente a posturas vitales que asuman la dimensión poética y sagrada del mundo, palpable en la naturaleza insistiendo en un viento apacible que, desde el “filo oscuro de las bardas (trae) cantos silvestres (que) invaden las habitaciones donde los habitantes se despiertan, consustanciados con la “savia de los manzanos/ en este ardoroso valle de las quimeras”.
Y esa “otra cosa” – como dice AP – extraviada en los infinitos juegos del lenguaje poético, en este DESIERTO tal vez pueda leerse como un ilusionismo, como una utopía áspera, espinosa, que rechaza los idealismos neutros, y de la cual es difícil salir ileso, o indiferente.


Al menos yo –confieso- haberme sentido herido saludablemente luego de su lectura. y como el autor, también “elegiría esta salud de saber que estamos muy enfermos”, según el diagnóstico de Juan Gelman y que Novelli recupera en el último capítulo del libro.
Quizás por eso, entre otras cosas, su lectura nos invita a recordar la infancia como patria de nuestra tierra natal, y , desde ahí, sentir o pensar un mundo, donde la pobreza o malestar de la cultura se troque en un bienestar sumamente compartido.//

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