sábado, 4 de abril de 2009

Crítica Literaria







Nueva reseña crítica al libro “Desierto” de Aldo Luis Novelli
por Caudia Sastre


Aldo Luis Novelli nació entre alacranes y cardos rusos gigantes, en una madrugada de carnaval en la ciudad de Neuquén. Vivió desde chico en Challacó, un campamento petrolero en medio del salvaje desierto, viajó por el país hasta que regresó a la ciudad de las manzanas prohibidas. Aún vive allí.

Su libro comienza con una breve reseña que efectúa el poeta Sergio Rigazio en la que se ocupa de la médula de la poesía de Novelli: lo inconmensurable. A su obra, podemos darle muchos nombres, usar muchas metáforas, pero un nombre habrá que lo defina tan perfecta y ajustadamente como una síntesis: Desierto.

Desierto es una crónica del desamparo y la metáfora justa de una región bastarda, usada, abandonada, donde los habitantes, errantes, enfrentan el desamparo; son desertados.

El libro se desarrolla en cuatro secciones bien definidas a las que une el hilo conductor que de algún modo, se ata también con La noche del Hastío, primer libro de Novelli. Las partes son: Andando el viento, En el bar, El último viaje y En los bordes de la ciudad. En ellas el viento, la noche (metonimia del bar), el viaje y los rincones suburbanos recorren la geografía y la estética de Novelli con exasperante precisión, casi con insistencia.

Es imposible, como patagónica, no sentir que el libro de Novelli habla de una historia compartida, de derrotas compartidas; sin embargo, desde una intensidad deslumbrante, el poeta canta a su paisaje devastado, a su pueblo derruido de la infancia. Alpatacos, pozos petroleros, jarillas, piquetes de bronca, bares, mujeres nocturnas, arañas gigantes y bolsitas de nylon flotando en el viento, ¿acaso no nos recuerdan “Belleza americana”? Rutas y más rutas…

Siempre estamos yendo a algún lado en el sur. Somos nómades por naturaleza, desamparados por elección vital.

Como un moderno Pigmalión, Novalli construye su Galatea y descubre lo imposible, el paisaje de infancia —aquel donde jugaba a ser un tehuelche de ojos claros— y que está hoy derruido; las cigüeñas que sangraban la piel del desierto volaron a otros rumbos. Noche a noche Pigmalión busca en los despojos, una mujer, también un sueño o un nombre: “Analía/ e inmediatamente sabe que nunca/ la conocerá”. Es este poeta, maduro, en el ojo del huracán de su tiempo, es un representante legítimo de la mejor poesía patagónica, de la construcción poética del lar, no necesariamente celebratoria y paisajística.

Claudia Sastre /Poeta – crítica literaria.-
San Julián /Santa Cruz /Patagonia /Argentina


















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